El origen de los tangos flamencos está en Cádiz, y la razón de que estén aquí es el puerto. Durante el siglo XIX, Cádiz era uno de los principales puntos de entrada del comercio transatlántico en España: llegaban barcos de Cuba, de Venezuela, de Argentina, de México, y con ellos llegaban músicos, comerciantes, marineros con canciones que nadie había oído antes en la Península. La música cubana fue especialmente influyente. El ritmo que traía encajó con algo que ya estaba aquí y el resultado fue el tango flamenco: un palo de cuatro tiempos con una acentuación muy marcada, festivo, físico, hecho para moverse.
Junto a las bulerías, los tangos son lo que la gente del flamenco llama “la fiesta”. Son los palos de la celebración, del momento en que la tensión de los palos más graves da paso a algo más abierto y colectivo. Las bulerías tienen su propio carácter; los tangos tienen el suyo. Son más directos, más físicos, menos inclinados al recogimiento. El compás de cuatro tiempos con acentuación viva obliga al cuerpo a responder casi sin pensarlo.
El baile es consecuente con eso. Hay mucho trabajo de pies, hay una actitud de confianza que no es arrogancia sino soltura, hay una comunicación con el público que en los tangos es más directa que en casi ningún otro palo. El bailaor que hace tangos bien tiene que tener desparpajo de verdad, no el ensayado. El que finge que lo tiene queda en evidencia antes de terminar la primera copla.
Los tangos gaditanos son una variante específica de la ciudad. Comparten el compás con los tanguillos y llevan en el carácter esa marca de Cádiz que mezcla lo flamenco con lo carnavalesco. Es una particularidad de la ciudad: en ningún otro lugar de España está tan integrada la cultura del Carnaval con el flamenco. Las letras de los tangos gaditanos tienen a veces ese punto de ironía, de doble sentido, de crítica disfrazada de buen humor que también aparece en las chirigotas de febrero.
El grupo interpreta los tangos con la energía y el desparpajo que el palo pide. No como algo que se demuestra sino como algo que se tiene, que viene de haber crecido en una ciudad donde este ritmo suena por todas partes. Esa familiaridad, cuando se consigue transmitir, es la diferencia entre una actuación que entretiene y una que contagia.
El vestuario habla también. El traje de bata con lunares y flecos para las bailaoras tiene una movilidad que el compás exige: la tela responde al movimiento de los pies y de las caderas, sigue el ritmo. No es un traje de adorno sino un traje de baile, pensado para que el cuerpo pueda hacer lo que tiene que hacer sin que la ropa se lo impida.