Guajiras — Grupo de Danzas Adolfo de Castro

Flamenco

Guajiras

Los “cantes de ida y vuelta” son los palos flamencos que tienen historia en dos continentes. La guajira es uno de ellos. La melodía salió de España hacia América en algún momento de los siglos de intercambio colonial, se transformó al contacto con los ritmos cubanos, y regresó a la Península durante el siglo XX, concretamente a los cafés cantantes donde el flamenco encontraba sus primeros públicos urbanos. Lo que volvió no era lo que había salido: era otra cosa, con el sabor de allá mezclado con el de aquí.

El carácter de la guajira es tropical en el sentido más específico. No es la ligereza de las alegrías ni el aire festivo de los tangos: hay en la guajira algo más lánguido, más melódico, más inclinado a la evocación. Las letras hablan de Cuba, de la caña de azúcar, del calor del Caribe, de la nostalgia del emigrante que recuerda lo que dejó. Hay siempre un punto de añoranza en la guajira, incluso cuando la melodía es alegre. Es la tristeza bien disimulada que tienen las canciones que hablan de lejos.

El compás de doce tiempos es similar al de la soleá, pero más ligero en el carácter. La diferencia no es fácil de explicar con notación: se siente. Donde la soleá pesa, la guajira flota un poco. Donde la soleá cierra, la guajira abre.

El abanico y el mantón de Manila son los elementos centrales del baile. El abanico en movimiento tiene su propio lenguaje: abrir, cerrar, girar, agitar, esconder la cara detrás. Es un vocabulario gestual que en la guajira tiene especial protagonismo porque evoca el ambiente del Caribe colonial que las letras describen. El mantón añade la dimensión visual del paño de seda en movimiento, que en manos de una bailaora que lo maneja bien tiene una presencia escénica difícil de igualar.

Una característica específica de la interpretación del grupo es que han creado sus propias falsetas guitarrísticas para las guajiras. Las falsetas son los solos de guitarra que ocurren entre coplas, los momentos en que el instrumento habla solo. Tener falsetas propias significa que la versión del grupo tiene una personalidad musical concreta, que no puede confundirse con otra. Es un trabajo que pocos grupos hacen, porque requiere un nivel de implicación musical que va más allá de aprender una pieza del repertorio.

El vestuario combina lo andaluz y lo cubano de una manera que tiene su propia lógica visual: el mantón de Manila, el abanico de nácar, el traje de corte colonial. No es un disfraz sino una imagen coherente que completa el viaje de ida y vuelta que la música ya hizo.