La Escuela Bolera no es flamenco. Es algo diferente y anterior: la corriente de danza teatral que floreció en España durante los siglos XVIII y XIX en los teatros y los salones de la aristocracia y la burguesía. Bebía del ballet académico europeo, que entonces estaba en pleno auge en toda Europa, y lo cruzaba con elementos del baile popular español. El resultado no era una copia del ballet francés ni un folklore de escenario: era un estilo propio, con su técnica específica, sus maestros, sus piezas.
El Olé de la Curra apareció documentado hacia 1812, en ese Cádiz de las Cortes donde el ambiente cultural era inusualmente intenso. La melodía sobre la que se baila ya existía, y la Escuela Bolera generó distintas coreografías para ella. Pero la que se conoce hoy, la que perduró, es la que desarrolló una bailarina de la época que todos llamaban “La Curra”. Sabemos poco de ella biográficamente: no hay datos precisos sobre su trayectoria ni sobre su vida fuera del escenario. Lo que sí sabemos es que su versión del Olé fue la que se quedó, y que su nombre lleva más de dos siglos unido a esta pieza. Hay algo al mismo tiempo preciso y misterioso en esa atribución.
La técnica combina la influencia del ballet clásico en la estructura y en algunos de los pasos con la expresividad española en el trabajo de brazos, las castañuelas y la actitud general del cuerpo. No es una mezcla arbitraria: la Escuela Bolera tenía sus propias reglas y su propia coherencia. El resultado es un baile que se diferencia claramente del flamenco contemporáneo aunque comparta algunos elementos de vestuario y de instrumento.
El vestuario es la mantilla y la peineta, distintos del traje flamenco habitual. La mantilla es uno de los elementos más reconocibles del traje español tradicional, y en el contexto de la Escuela Bolera tiene una dignidad y una contención que contrasta con la bata de cola del flamenco. La peineta añade altura y presencia. El conjunto tiene una elegancia que habla de los salones del XIX, no de las tablaos.
El flamenco contemporáneo domina el imaginario de la danza española. La Escuela Bolera existe en un espacio menos conocido, que requiere un esfuerzo de preservación más deliberado porque no tiene el circuito comercial que sostiene al flamenco. El grupo recupera el Olé de la Curra como parte de ese esfuerzo: mantener viva una forma de expresión que representa un período de la historia de la danza española tan real como cualquier otro, aunque menos visible en el presente.