Alegrías de Cádiz — Grupo de Danzas Adolfo de Castro

Flamenco

Alegrías de Cádiz

Si hay un palo que define la relación entre Cádiz y el flamenco, son las alegrías. No porque sean las más conocidas internacionalmente, sino porque son las que mejor llevan la marca de la ciudad: ese aire ligero, esa gracia que no se esfuerza en demostrarse, ese punto de ironía que convive sin tensión con la alegría genuina.

Las alegrías forman parte del grupo de las cantinas: un conjunto de palos nacidos en la bahía gaditana que comparten el compás de doce tiempos y un carácter festivo. En ese grupo están también los caracoles, el mirabrás y las romeras. Todos tienen algo de la ciudad en el ADN. Las alegrías, sin embargo, son las que más claramente llevan el nombre de Cádiz delante.

El compás de doce tiempos es el mismo que el de la soleá o el de los caracoles, pero la acentuación y el carácter son distintos. Las alegrías son más rápidas, más abiertas, más dispuestas al lucimiento. Y en ese lucimiento hay un momento específico que los aficionados esperan antes de que ocurra: el silencio. Es el instante en que la guitarra toca sola, sin cante, y el bailaor o la bailaora muestra lo que tiene. Es el punto de mayor libertad dentro de la pieza, el lugar donde la interpretación se vuelve más personal. Una alegrías sin un buen silencio es como una función sin su mejor escena.

El manejo de la bata de cola junto con las castañuelas es técnicamente exigente. La cola requiere una gestión del espacio y del movimiento que cambia la dinámica de todo el cuerpo; las castañuelas añaden la capa rítmica que da al baile esa textura específica. Aprender a hacer las dos cosas bien al mismo tiempo lleva tiempo y no se puede fingir.

El carácter gaditano de las alegrías no es una etiqueta de origen. Es algo que se nota en el modo de bailarlas: hay una ligereza en los pies, una actitud en los brazos, un punto de irreverencia en la expresión que es difícil de describir y fácil de detectar cuando no está. Los grupos que vienen de fuera de Cádiz pueden aprender las alegrías, y muchos las bailan muy bien. Pero hay algo en quienes crecieron aquí que entra de otra manera, que no necesita estudiarse porque ya estaba ahí.

Para el grupo, las alegrías son el palo de casa. No en el sentido de que se haga con menos cuidado, sino en el de que se hace con más naturalidad. Esa naturalidad, cuando se consigue mantener sin caer en la rutina, es exactamente lo que este palo pide.