El tanguillo no se parece a ningún otro palo. Es más ligero que el tango flamenco, más irónico, más dispuesto a reírse de sí mismo y de todo lo demás. Es de Cádiz en el sentido más literal: nació aquí a mediados del siglo XIX, cuando los ritmos que llegaban de Cuba por el puerto se mezclaron con el carácter local, y el resultado no podía haber salido de ningún otro sitio.
La conexión con las Antillas no fue casualidad. Cádiz era entonces uno de los principales puertos del comercio transatlántico, y los músicos que embarcaban y desembarcaban traían ritmos, melodías, maneras de percutir el tiempo. El tanguillo cogió el pulso afrocubano de cuatro tiempos y lo sometió al genio gaditano: lo hizo más suelto, más burlón, más dispuesto a decir en dos versos lo que otros palos dicen en diez. El compás es festivo pero no caótico, tiene una energía que obliga a mover el cuerpo casi sin querer.
Las letras son otra cosa. No hay en el flamenco un palo más inclinado a la sátira, a la picardía, a la crítica disfrazada de chiste. Eso tiene nombre en Cádiz: se llama gracia. No la gracia vaga y general que se le atribuye a cualquier cosa del sur, sino una manera muy concreta de mirar el mundo con escepticismo alegre, de hacer leña del árbol caído y reírse mientras lo hacen. Los gaditanos llevan siglos cultivando eso, y el tanguillo es su vehículo más honesto.
El vestuario habla de oficios que ya no existen. El traje piconero remite a los vendedores de picón, el carbón vegetal menudo que calentaba los braseros de las casas gaditanas; los atuendos de marisquero evocan a quienes faenaban en la bahía recogiendo almejas, coquinas, langostinos. Ropa de gente que trabajaba, no de señorío. Que el tanguillo haya elegido esa imagen para vestirse dice algo sobre su carácter.
La conexión con el Carnaval de Cádiz es tan estrecha que es difícil saber dónde termina uno y empieza el otro. Las chirigotas y comparsas que llenan el Falla en febrero usan el tanguillo como cauce natural para sus coplas; el público los sigue y los corea sin necesidad de haberlos oído antes, porque la estructura es reconocible aunque la letra sea nueva. Eso define al tanguillo: es un formato tan asimilado por la ciudad que cualquier gaditano puede habitarlo sin ensayo previo.
Hay una diferencia, con todo, entre ejecutar correctamente un tanguillo y tener el “salero” que pide. Lo primero lo consigue cualquier bailarín con técnica suficiente. Lo segundo es otra cosa: es esa mezcla de desparpajo y precisión, de frescura sin descuido, que o se tiene o se aprende a costa de años de haberlo visto desde dentro. Para el grupo, los tanguillos son terreno propio. No hay que estudiarlos desde fuera porque forman parte del paisaje sonoro de la ciudad en la que todos crecieron.
En el escenario, los tanguillos permiten algo que otros palos no facilitan tanto: la comunicación directa con el público. Los elementos cómicos, los guiños, los momentos en que la coreografía se abre a la participación del patio de butacas forman parte de la pieza, no son adornos opcionales. Para alguien que llega por primera vez a ver al grupo sin saber muy bien qué espera, los tanguillos son muchas veces la pieza que mejor explica de dónde venimos. No porque sea la más técnicamente exigente, sino porque en ella está todo lo que nos define: la ciudad, el humor, la gracia, el ritmo.