El fandango aparece documentado en España desde el siglo XVIII, aunque sus raíces probablemente son anteriores. Hay menciones en textos del XVII que parecen referirse a algo parecido, y la discusión sobre si llegó de América o viajó en sentido contrario no está del todo cerrada. Lo que sí es seguro es que a lo largo del XVIII ya era un baile conocido y practicado en toda la Península, con suficiente presencia como para que algunas voces de la época lo encontraran demasiado escandaloso.
Es un baile de pareja. No de pareja que se toca, sino de pareja que se busca y se esquiva, que se acerca y retrocede, que mantiene una distancia llena de tensión. Hay algo coqueto y algo serio al mismo tiempo: el galanteo nunca termina de resolverse, la pieza acaba cuando la música para y no cuando la historia llega a algún lado. Ese carácter inconcluso, ese juego de miradas y acercamientos sin desenlace, es lo que da al fandango su carácter específico entre los bailes de pareja del folklore andaluz.
El compás ternario, en 3/4, le da ese vaivén particular. La guitarra lleva el peso melódico; las castañuelas marcan el ritmo desde los propios bailaores, lo cual añade una capa de coordinación que no es menor: mantener la precisión rítmica en las castañuelas mientras se ejecuta la coreografía requiere una práctica específica.
Cada provincia andaluza tiene su variante. Los fandangos de Huelva son los más conocidos internacionalmente, y con razón: tienen una identidad muy marcada, tanto en la melodía como en el estilo de baile. Pero los de Málaga son distintos, y los de Cádiz también, y las diferencias entre ellos no son fáciles de describir con palabras. El tempo varía ligeramente, los adornos melódicos tienen un sabor diferente, el trabajo de pies entre copla y copla cambia. Son cosas que se notan al oírlos y que se aprenden al bailarlos, no al leer sobre ellos.
El traje de lunares con bata de cola para las bailaoras y el traje campero para los bailaores llevan el campo andaluz al escenario. Hay algo del paisaje en ese vestuario, algo que recuerda que el fandango no nació en las ciudades sino en los pueblos y en las fiestas populares.
Lo que hace interesante al fandango como baile de pareja es el margen de espontaneidad que permite dentro de una estructura codificada. Los pasos están establecidos, la coreografía tiene su lógica, pero hay momentos en que los dos bailaores se responden el uno al otro en tiempo real, improvisan dentro del marco, se sorprenden mutuamente. Esa combinación de estructura y libertad controlada es lo que distingue una interpretación que tiene algo dentro de una que simplemente está bien ejecutada.
Para el grupo, el fandango es territorio conocido. No porque sea fácil, sino porque es un baile que lleva décadas vivo en la provincia, que se ha transmitido de manera continua y que forma parte de la memoria corporal de quien lleva años bailando en Cádiz. Eso se nota en el escenario de maneras que no siempre son fáciles de explicar.