Las sevillanas descienden de las seguidillas castellanas. Ese origen norte, de Castilla, es un dato que suele sorprender a quienes las asocian instintivamente con Andalucía. Pero el viaje que hicieron hacia el sur las transformó de tal manera que hoy sería difícil reconocer en ellas a su antecesora sin que alguien te lo señalara. El proceso fue lento, ocurrió a lo largo de generaciones, y el resultado es un baile con una personalidad suficientemente propia como para haber olvidado de dónde vino.
La estructura tiene una lógica interna clara. Son cuatro coplas, cada una con su propia melodía y su propia letra, pero compartiendo el mismo compás ternario y la misma organización coreográfica básica. Dentro de cada copla hay tres momentos distintos: el paseíllo, en que los dos bailaores se desplazan juntos; la pasada, donde uno pasa frente al otro; y el careo, que es el momento de la confrontación directa, cara a cara, en que el diálogo entre los dos se hace más explícito. Esa alternancia de aproximación y distancia es lo que da a las sevillanas su carácter de conversación.
La paradoja es que siendo un baile con una estructura tan codificada, puedan bailarlas juntas dos personas que no se conocen. El código es suficientemente preciso como para que alguien que lo conoce pueda seguir a su pareja sin haber ensayado con ella. Eso es lo que ocurre en la Feria de Abril de Sevilla, el gran escenario de las sevillanas: miles de personas bailando en las casetas con quien tienen cerca, muchas veces sin haberse visto antes, porque la estructura lo permite. Es un caso inusual en el folklore: un baile con vocación de parejas que al mismo tiempo tiene vocación de multitud.
No todas las sevillanas son iguales. Las rocieras tienen un carácter más solemne, ligado a la romería del Rocío, con una devoción casi religiosa en el modo de bailarlas. Las bíblicas son otra variante. La melodía y la actitud cambian según el contexto, aunque el esquema de las cuatro coplas permanece.
Las castañuelas añaden una dificultad que no es menor. Tocarlas mientras se baila implica dividir la atención y distribuir la coordinación por todo el cuerpo al mismo tiempo: los pies llevan un ritmo, los brazos hacen su trabajo, y las manos percuten las castañuelas sin perder el compás. Se aprende con el tiempo, y cuando está integrado ya no se piensa en ello, pero al principio es el obstáculo más concreto que presenta el baile.
El grupo interpreta las sevillanas poniendo el énfasis en el intercambio entre los bailaores, en ese diálogo de movimientos que las define. No como exhibición sino como conversación. La elegancia en este baile no está en los adornos sino en cómo los dos bailaores se escuchan y se responden, en el grado de atención que se prestan. Cuando eso funciona, las sevillanas tienen una calidad que las hace distintas de todos los demás bailes del repertorio.