En 1989, España llevaba cuatro años en la Unión Europea y tenía una democracia todavía joven pero ya consolidada. Los intercambios culturales con América Latina se habían intensificado: era un momento en que cruzar el Atlántico con un grupo de danzas no era solo un viaje artístico sino también una afirmación de presencia en el mundo.
Puerto Rico tiene una posición particular. Es territorio de Estados Unidos desde 1898, habla español, y tiene una historia de cuatro siglos de presencia española que dejó huella en la arquitectura, en la música, en los apellidos. Cuando el grupo llegó allí, no llegaba a un sitio completamente extraño: llegaba a un lugar donde el español es la lengua de todos los días y donde los lazos con la historia ibérica son reales aunque estén mezclados con siglos de historia caribeña y de influencia norteamericana.
Eso creó una dimensión en la recepción que los viajes a Japón o Alemania no tienen. Parte del público boricua tenía apellidos andaluces, conocía música española, reconocía en los tanguillos y las sevillanas algo que no era del todo ajeno aunque tampoco fuera exactamente suyo. Hay una emotividad específica en ese tipo de reconocimiento que no se produce con el intercambio cultural puro: es más parecido al reencuentro, aunque ninguno de los presentes haya estado en el mismo lugar antes.
Cádiz y Puerto Rico comparten algo más que la lengua. El puerto de Cádiz fue durante siglos el único puerto autorizado para el comercio con las Américas. Por allí salieron los barcos que conectaron España con el Caribe, y por allí llegaron de vuelta los ritmos que se convirtieron en tangos gaditanos y en guajiras. El grupo que llevó ese folklore a San Juan en 1989 estaba cerrando, de alguna manera, un círculo que se había empezado a trazar siglos antes en el mismo muelle de donde sale hoy el Catamarán a El Puerto.