En 1987, Polonia era la República Popular de Polonia, un estado socialista dentro de la órbita soviética. Faltaban dos años para la caída del Muro de Berlín, que entonces nadie imaginaba tan próxima. El sindicato Solidarność llevaba activo desde 1980 y había sido declarado ilegal en 1981, cuando el general Jaruzelski impuso la ley marcial; en 1987 operaba en la clandestinidad, y la tensión política en el país era real y cotidiana.
Llegar allí desde Cádiz, que era ya una ciudad democrática y había vivido la transición española hace apenas una década, implicaba cruzar una frontera que no era solo geográfica. España había salido del franquismo en 1975 y en 1987 era miembro de la CEE desde hacía un año. Era un país que miraba hacia Europa occidental. Los grupos que iban al Este llevaban consigo, aunque no fuera su intención, una imagen de lo que había al otro lado.
Los polacos de 1987 tenían su propio folklore, su propia música, sus propias tradiciones de danza popular que el estado socialista había institucionalizado con orquestas y ensembles estatales, a veces para preservarlas y a veces para convertirlas en instrumento de propaganda cultural. Lo que hacía el grupo de Cádiz era diferente: folklore de una ciudad mediterránea, música con un carácter festivo y libre que en ese contexto tenía una resonancia particular.
El folklórico no tiene ideología propia, pero en ese momento y en ese lugar el simple hecho de actuar tenía un peso que no tiene en un festival de verano en Francia. El ritmo de las alegrías, el desparpajo de los tanguillos, la fiesta que el flamenco lleva consigo: todo eso en la Polonia de 1987 era algo más que entretenimiento. Era una ventana. El grupo lo fue sin proponérselo, y eso convierte a este viaje en el más cargado históricamente de todos los que tiene el archivo.