En 2002, Malasia llevaba cuatro años con las Torres Petronas, que entonces seguían siendo los edificios más altos del mundo. El país estaba en una fase de presentación activa ante el mundo: modernización acelerada, infraestructuras nuevas, una política cultural que incluía traer grupos artísticos internacionales con regularidad. Kuala Lumpur era una ciudad en transformación visible, con el pasado y el presente conviviendo en la misma calle.
La mezcla cultural de la capital malaya no tiene equivalente fácil en Europa. Comunidades malayas, chinas e indias con sus propias tradiciones artísticas, sus propias lenguas, sus propias fiestas, compartiendo una ciudad. Un festival con grupos de danza de distintos continentes encajaba en ese contexto sin fricciones: la diversidad era el estado normal, no la excepción.
Lo que el grupo se encontró fue un público con paciencia y atención. El clima en Kuala Lumpur en 2002 era de humedad tropical, bien distinto al calor seco de la bahía gaditana en verano. Bailar con ese aire encima es distinto, y la ciudad en sí imponía una escala y una densidad que Cádiz no tiene. Pero el escenario es siempre el escenario, y lo que el flamenco hace con el ritmo y el movimiento no necesita traducción.
Con treinta fotografías, este viaje es el más documentado de los del grupo en el Sudeste Asiático. Las imágenes dan cuenta no solo de las actuaciones sino del viaje en sí: la ciudad, el festival, los momentos entre función y función que también forman parte de lo que es ir a otro lado del mundo con un grupo de personas que comparte un arte. Esas fotos son memoria de un viaje que no muchos grupos de folklore andaluz pueden decir que hicieron.