En 1991, Japón estaba en la cima de la burbuja económica. Era un país con dinero y con una política cultural que lo invertía en traer las artes del mundo a sus escenarios. La afición japonesa por las artes tradicionales de otras culturas no era una moda pasajera sino algo profundamente arraigado: en Tokio había temporadas de flamenco con regularidad, y el público que iba sabía lo que iba a ver. No eran turistas culturales: eran aficionados con criterio propio.
De Cádiz a Tokio en aproximadamente diecisiete horas de vuelo. No hay dos ciudades más alejadas en términos de distancia, y la brecha cultural entre el sur de la bahía gaditana y la capital japonesa no es menor que la geográfica. El grupo llegó allí con su repertorio completo: las alegrías, los tanguillos, los palos del folklore de la provincia, y se encontró ante un público que escuchaba en silencio absoluto, que aplaudía en los momentos precisos y que al final de las actuaciones hacía preguntas con una seriedad que no siempre se encuentra en casa.
Esa es la prueba real de una actuación que va más allá de las referencias locales: cuando la música y el movimiento tienen que comunicar sin el apoyo de ningún contexto compartido. El público japonés no conocía el Carnaval de Cádiz, no había crecido con el compás de las alegrías en la radio, no entendía las letras. Y sin embargo respondía. Lo que cruza esa distancia no son los datos culturales sino algo más directo: el ritmo, la presencia física, la energía de los bailaores sobre el escenario.
El viaje de 1991 también tuvo su peso político y simbólico. Dos años antes había caído el Muro de Berlín; España llevaba poco más de una década en democracia y se proyectaba hacia el mundo con una intensidad nueva. Las instituciones culturales españolas tenían presupuesto e interés en exportar cultura. El grupo se benefició de ese momento y lo aprovechó. A la vuelta, ya no eran solo un grupo gaditano de danzas: eran un grupo que había actuado en Japón, que había visto su propio trabajo reflejado en unos ojos completamente distintos. Eso cambia la perspectiva de maneras que no siempre son fáciles de articular pero que perduran.