El año 2000 tiene un significado simbólico que en ese momento se sentía con más fuerza que hoy: el cambio de milenio, la sensación de umbral. El grupo lo cruzó en Italia, y hay algo adecuado en esa elección aunque no fuera deliberada.
Italia es un país que tiene una relación muy seria con las artes. El ballet como forma codificada nació en las cortes italianas del Renacimiento antes de pasar a Francia y convertirse en el ballet clásico que conocemos. La ópera es italiana en su origen. El público italiano no llega a una actuación sin bagaje: sabe lo que es una buena interpretación y lo que no lo es, porque ha crecido rodeado de cultura artística de alta intensidad.
Eso hace que actuar en Italia sea diferente. No hay distancia condescendiente del que ve algo exótico: hay interlocución real. Los italianos reconocen en el flamenco y en la danza española una tradición con profundidad propia, y responden en consecuencia. Son además audiencias expresivas, todo lo contrario de la contención alemana: cuando algo les gusta lo dicen, cuando no lo gusta también, y el ambiente en sala durante la actuación tiene una temperatura que cambia de un momento a otro según lo que está ocurriendo en el escenario.
Hay también una proximidad mediterránea entre el sur de España y el sur de Italia que no existe con los países del norte. El ritmo de vida, la relación con el espacio público, la importancia de la comida y de la conversación en la calle, la manera de gestionar el tiempo: no son idénticos pero se parecen más que con Alemania o Japón. Esa familiaridad de fondo no borra las diferencias culturales pero crea un suelo más común desde el que el intercambio ocurre. El grupo volvió con la sensación de que Italia era un sitio donde su trabajo había tenido interlocutores de verdad.